El cantante y guitarrista Jack White siempre ha tenido una gran disciplina para grabar álbumes y no dejar esperando demasiado a sus fans. Él presenta este año Frozen Charlotte, una producción realizada con esmero, y como siempre, en su estilo de rock con toques de garage, hard y blues. Es un disco agresivo, que no se presta a las modas y en el que los solos de guitarra son tan importantes (o más) que las estrofas (como en Derecho Demonico, There's Nobody There y You'll Never Fix Me). Las baladas no forman parte de la personalidad de White, pero hay ciertos momentos más melódicos, con una forma de cantar más directa y armónica, presentes en Raising The Grain y I Can't Believe What I'm Hearing. Ese vaivén del coro y los riffs (con una influencia evidente de Jimi Hendrix) hace que algunos tracks, como Nobody Knows, parezcan más bien jams, pero el ritmo incesante puede hacer que el escucha termine exhausto. Curiosamente, el músico reserva tres canciones para el final que evitan que el álbum decaiga: She's In a Frenzy (que suena a The Offspring), Making Contact y Neighbors Blues. Cualquier álbum de Jack White -no así de su antiguo grupo, The White Stripes- es recomendable para quien desee comenzar a escuchar su obra musical, y por lo mismo, Frozen Charlotte deja un resabio de repetición con sus anteriores producciones. Tiene mucha calidad, pero hay más intención aquí en experimentar con sonidos y efectos que en lograr una colección de canciones distintas entre sí. En ese sentido, los mejores trabajos de este artista siguen siendo, por mucho, Blunderbuss, de 2012, y Lazaretto, de 2014.
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