Luego de una mala película -supuestamente- autobiográfica y un documental en Netflix largo e incompleto, Robbie Williams ha regresado con un nuevo álbum titulado Britpop, que es como regresar al pasado, específicamente a 2005, cuando el cantante británico estaba en el cenit de su carrera (el efecto es algo parecido a lo que hizo Katy Perry en 2024 con 143, pero "viajando" a 2010). El disco comienza bien con Rocket, un tema rockero en el que destaca como invitado el legendario guitarrista Tony Iommi. Luego llegan canciones como Spies y Pretty Face; son agradables, pero parecen lados B o desechos de álbumes de Williams como Life Thru a Lens o Escapology. Los problemas inician poco después, con tracks olvidables y que suenan a medio terminar; un contenido muy parecido al de muchas otras producciones de Robbie, aunque ésta, curiosamente, no es larga (dura menos de 40 minutos en su versión estándar). La voz del artista de 51 años (no potente, pero sí personal) sigue intacta, pero también su irritante pseudorap. All My Life es una copia total al estilo de Oasis (una banda a la cual Williams siempre ha idolatrado); Human (una balada con Jessie & Joy) rompe totalmente el ritmo del álbum, y el track Morrissey -coescrito con Gary Barlow, compañero de Robbie en la boy band Take That- es algo intrascendente que podría resultar un chiste para el ex líder de The Smiths. Las letras de este artista siempre han sido reflexiones disfrazadas de autoadulación; el mejor ejemplo aquí es It's OK until The Drugs Stop Working, una canción con arreglo sesentero y un acorde final casi idéntico al del tema The Universal, de Blur. Hace unos días el cantante celebró que con Britpop superó a The Beatles en cuanto a tener más álbumes que han ocupado el número 1 en el Reino Unido. Aún así, lo que nunca logró fue ser una estrella británica a nivel mundial, como Elton John, George Michael y Harry Styles. En pocas palabras, Robbie Williams vive en su mundo.
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